El dólar ya se mueve en la franja de los $4,10. Pero se ve superado por una suba de precios que corre más rápido. La avalancha importada crece y vender al mundo se hace cuesta arriba. Pero los empresarios locales cuentan con el oxígeno que les da el juego de “subibaja” de otras monedas. ¿Cómo sigue?
En un país donde se ha vuelto a poner de moda la expresión “atraso cambiario”, la idea de una devaluación es imaginada por muchos empresarios como una suerte de bálsamo.
En efecto, que el billete verde suba frente al peso hace que los costos de producción, medidos en dólares, se abaraten. Y esto ofrece una mayor protección contra la competencia importada.
Pero esto no es precisamente lo que está ocurriendo en la Argentina de hoy. La divisa estadounidense apenas se mueve mientras que, en la otra vereda, la inflación y los salarios crecen a pasos agigantados.
Sin ir más lejos, en la asunción de nuevas autoridades de la Unión Industrial Argentina, el nuevo titular, José Ignacio de Mendiguren, advirtió sobre el “riesgo de reevaluación del peso”.
Y destacó la preocupación que esto genera en la mayoría de los empresarios argentinos.
También reclamó por un tipo de cambio competitivo, al igual que lo hacía en 2001, en épocas de la convertibilidad. Sin embargo, a diferencia de aquél entonces, ahora el problema es la alta inflación.
Es que la incesante suba de precios no hace otra cosa que anular los efectos de contar con un billete verde más caro.
Ese objetivo -que el dólar suba sin que se acelere el índice- resulta muy difícil de lograr en estos momentos.
Así las cosas, la industria nacional se ve perjudicada y el clima de tensión “debería” ir consecuentemente en aumento. A no ser que el mundo, otra vez, dé una ayudita extra.
Y esto es, justamente, lo que está ocurriendo. A nivel global, la divisa estadounidense está de capa caída frente al resto de las monedas que se ven fortalecidas.
Esto no hace más que jugar a favor de la Argentina: reduce el clima de tensión entre empresarios y le quita presión al Ejecutivo para que el dólar acelere su tranco.
“Desde afuera nos vuelven a ayudar. Con dólar débil, tasas de interés casi en cero, nuestros principales clientes con monedas revaluadas, los precios de nuestros productos agrícolas en sus máximos históricos… Todo esto conforma el mejor de los universos para el país”, grafica Diana Mondino, experta en finanzas y docente universitaria.
Esta situación benigna, que describe Mondino, es consecuencia de la política de “dinero barato” aplicada por los Estados Unidos para reactivar el crédito, fomentar el consumo y así apuntalar su economía, tras el golpazo de la última crisis.
Así las cosas, todas las divisas se han revaluado. O mejor dicho, casi todas, a excepción del peso argentino, que sigue perdiendo valor lentamente.
“Si todas las monedas se fortalecen contra el dólar, y encima nosotros lo hacemos subir en el mercado interno, es como si devaluáramos dos veces”, señala Diego Giacomini, de la consultora Economía & Regiones.
En la visión del analista, “el mundo nos da un alivio justo en el momento en el que la protección cambiaria estaba disminuyendo”.
En definitiva, la situación internacional le permite al Gobierno cumplir un objetivo que viene buscando desde hacía tiempo: “devaluar sin devaluar”, como le llaman en la jerga los economistas.
Ya lo había intentado apelando al cierre del mercado importador y mediante subsidios diversos, desde créditos hasta servicios públicos. Pero no resultaba suficiente.
Ahora, también entra en juego el elemento cambiario.
Una bocanada de competitividad
Habrá quienes se pregunten si se justifica la euforia por la caída del dólar.
Y los expertos aportan datos que, por lo menos, dan para el optimismo.
Por ejemplo, dice la consultora Ecolatina que el índice de commodities agropecuarias se ubica “muy cerca del máximo alcanzado en junio de 2008″.
Y agrega que los países de la región, a diferencia de lo que hace la Argentina, se resignarán a que sus monedas se fortalezcan, con tal de poder combatir las presiones inflacionarias.
En otras palabras, los vecinos hacen su tarea y la Argentina se beneficia en el corto plazo.
Así, la consultora Abeceb destaca que las empresas locales pueden mantenerse competitivas, gracias a la apreciación de la moneda brasileña.
“Si se aísla la participación de Brasil, el tipo de cambio real multilateral del sector industrial se encontraría 45 por ciento más apreciado que en 2002″, asegura la consultora dirigida por Dante Sica, que destaca cómo el “Made in Argentina” se hizo brasildependiente.
“El real le da un colchón al país para no devaluar nominalmente su moneda y, aún así, conservar cierta competitividad frente al avance de precios en el mercado local”, agrega el informe.
Pero no sólo Brasil está dando una mano en el vecindario. También Chile vio subir su moneda hasta el valor más alto en tres años (ya en 2010 registró un 8,4% de apreciación y, en lo que va de 2011, lleva un 1,17% adicional).
Igual que en el caso brasileño, el gobierno trasandino anunció que no tomará medidas para impedir el fortalecimiento de su signo monetario.
Lento pero sin inflación extra
Para hablar en términos estrictos, no es que la Argentina no esté también revaluando su moneda contra el dólar.
En definitiva, el año arrancó con una cotización de $4,00 y probablemente termine a $4,30, en términos nominales.
El problema es que los precios suben con más fuerza que el tipo de cambio, de modo tal que éste -en términos reales- cae.
Pero la novedad de este momento es que la inflación en dólares es ahora más alta en los países vecinos que aquí.
En efecto, en lo que va del año, mientras el peso argentino se fortaleció en términos reales un 4%, la divisa brasileña lo hizo un 9 por ciento.
¿Alcanza con esto como para que los empresarios argentinos ya no estén tan preocupados por sus costos en dólares?
Para Eduardo Curia, uno de los principales economistas del Plan Fénix y firme impulsor del tipo de cambio alto, la situación actual “actúa como un amortiguador del claro proceso de apreciación cambiaria real”.
No obstante, señala que este “margen de distensión” todavía está lejos de compensar la pérdida de competitividad.
En cambio, Mariano Lamothe, economista jefe de Abeceb, señala que tampoco hay que subestimar el aire que ganaron los empresarios argentinos por el efecto combinado de un peso que se devalúa y de otras divisas que se aprecian.
Pronóstico: despejado y estable
Llegado a este punto, la pregunta que podrán plantearse los empresarios es si uno puede confiar en que el escenario actual será duradero, o si se trata apenas de un fenómeno pasajero.
Y la buena noticia es que, para los analistas, hay dos cosas que dan seguridad:
• Que los países vecinos no intentarán devaluar sus monedas.
• Que el dólar seguirá débil hasta que la recuperación de los Estados Unidos luzca más firme.
Respecto del primer punto, Lamothe es categórico: “No creo que el real pueda devaluarse contra el dólar. De todas formas, para que los empresarios argentinos se preocupasen tendría que haber un movimiento muy brusco de la moneda brasileña. Y eso no va a producirse”.
Desde la consultora Ecolatina coinciden: “Los otros países prefieren perder competitividad por la apreciación nominal de sus monedas y no por el desborde de los precios internos”.
En relación al segundo punto, también predomina una visión de continuidad del escenario actual.
Al respecto, el analista Guillermo Kohan plantea que no hay que perder de vista la influencia del calendario electoral estadounidense.
“No hay antecedentes de un presidente que busque su reelección, como Obama, y que la Fed le suba la tasa de interés. Eso no pasó nunca, a pesar de todo lo que se dice sobre la independencia de la Reserva Federal”, afirma Kohan.
Para las elecciones estadounidenses falta un año y medio, con lo cual -siguiendo esa línea de análisis- la Argentina dispondrá de esa ayudita de contar un billete verde deprimido como válvula de descompresión.
¿Alcanza con esto?
Aun con este panorama, no son pocos quienes creen que la política de “devaluar sin devaluar” no será suficiente.
Y que, ante la dinámica de la inflación, llegará un momento en el que se necesitarán medidas más drásticas.
“La verdad es que el dólar debilitado ayuda. Pero lo que ha garantizado la supervivencia de muchas industrias no es la cuestión cambiaria, sino las trabas a la importación”, afirma Mondino.
Y hay quienes van más lejos. Como el economista José Luis Espert, quien predice: “Yo creo que el Gobierno va a terminar prohibiendo por completo las importaciones, y luego el giro de utilidades al exterior por parte de las filiales a sus casas matrices”.
En la misma línea, el economista Agustín Monteverde escribió un duro artículo en el que destaca que, aun con precios favorables de las materias primas, se ha comenzado a evidenciar “una estrechez estructural de la caja en dólares”.
Su visión incluye un pronóstico inquietante: “Debe contemplarse como inevitable la nacionalización del comercio exterior y el control completo de cambios. Pues ésta sería la única posibilidad de sostener el modelo actual”.
Pero estas advertencias hacen referencia al mediano plazo.
Por ahora los hechos a destacar es que la tonelada de soja vale u$s500 y que tanto Barack Obama como Dilma Rousseff parecen jugar a favor del país con sus políticas.
No se sabe si estos hechos constituyen prueba fehaciente de que Dios es argentino. Pero al menos garantizan que el suministro de oxígeno no se cortará. Al menos en el corto tiempo.