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El dólar sube 3 centavos por mes, una nueva forma de predecir su valor

Tres “centavos” en noviembre, otros tres en diciembre, otros tres en enero… ¿y tres centavos más en febrero?

El ritmo devaluatorio del peso argentino se está tornando previsible, de acuerdo con el explícito deseo del Gobierno, que parece transmitir su convencimiento de que la certidumbre cambiaria no sólo es buena sino que, además, es un valor supremo a preservar, cueste lo que cueste.

Así, en un contexto de fuertes controles e intervención estatal -en el que la política del tipo de cambio tiene cada vez menos de “flotación” y más de “administrada”-, empieza a generarse la sensación de que se está instalando una especie de “tablita invisible” que rige los destinos del dólar.

“Lo que está quedando claro es que, después del susto que se llevó el Gobierno con la mini corrida de fin de año, ahora se prioriza la certeza sobre la evolución cambiaria”, señala Jorge Todesca, ex viceministro y titular de la consultora Finsoport.

Por su parte, el economista Tomás Bulat se sorprende de la capacidad del “relato” oficial para justificar medidas que hasta parecen contradictorias con los propios postulados del discurso K.

“Se dice que la década del 1 a 1 fue la peor de la economía argentina, por haberse permitido que el dólar se vaya atrasando frente al peso. Pero, paradójicamente, ahora el tener un tipo de cambio bajo pasó a ser una bendición. Y hasta se lo muestra como lo único que garantiza estabilidad”, señala el analista.

El consenso de los economistas es, naturalmente, que el actual esquema de suba de la divisa de “a centavitos” no se condice con una inflación cuyo piso no ha bajado del 20% y que no hace más que profundizar el atraso cambiario.

De hecho, tal como anticipara iProfesional.com, en la paridad peso-dólar, en términos reales, ya se está en el 1 a 1 (ver nota “Finalmente llegó el día: volvió el ’1 a 1′ a la Argentina y crece preocupación de empresarios“).

“Al dólar se le permitió subir un 5% promedio por año. ¿Alguien conoce en la Argentina algún bien que haya aumentado tan poco, más allá de las tarifas?”, se pregunta el ex ministro de Economía, Martín Lousteau.

Sin embargo, lo llamativo del caso es que la situación parece controlada y que el mercado vuelve a creer que un ritmo de depreciación suave del peso seguirá siendo factible en el mediano plazo.

Por lo pronto, las expectativas devaluatorias, que habían llegado a 17%, ahora bajaron a 12% en el mercado del dólar futuro.

“Las nuevas restricciones cambiarias ‘estiran’ la estrategia de vivir de las reservas del Banco Central por lo menos un año más, dado que ahora no serán afectadas por la fuerte salida de capitales y se reservan exclusivamente al pago de la deuda y al resto de las operaciones corrientes de la economía”, diagnostica Ramiro Castiñeira, analista de Econométrica.

Más libertad, con oferta y demanda bajo control
A la hora de justificar por qué no se quiere favorecer una mayor flotación cambiaria, los funcionarios suelen echar mano a argumentos ideológicos contra “el club de los devaluadores” con dichos que, incluso, contradicen lo que fuera el discurso oficial hasta hace poco tiempo.

No obstante, los analistas creen que existe una razón de fondo que llevó al Gobierno a poner al dólar bajo el modo de “deslizamiento suave”. Y la misma está vinculada con la mala experiencia vivida cuando quiso apurar el ritmo alcista.

En efecto, en agosto pasado -dos meses antes de las elecciones- el Central probó con acelerar “el tranco” ascendente del billete, al tomar nota de que venía abaratándose a pasos agigantados.

Pero el remedio resultó ser peor que la enfermedad: se disparó la dolarización y se exacerbó la fuga de capitales.

“El dólar en Argentina tiene la particularidad de que desafía la ley de oferta y demanda: es el único precio que cuando sube genera una mayor búsqueda por parte del público”, grafica Fernando Marengo, economista jefe del Estudio Arriazu.

Esta suerte de laberinto, por el cual si se encarece se exacerban las compras y si se abarata también, hizo que el Gobierno recurriera a otra estrategia: por un lado reprimir la demanda de dólares. Por otro, forzar un aumento de la oferta. Y, para cuidar el buen humor social, establecer una devaluación suave y regular, de a tres centavos por mes.

En buen romance: la sociedad “acepta” reprimir su apetito dolarizador -ante los controles cambiarios- siempre que el Ejecutivo le garantice que el billete verde no se va a disparar.

De lo contrario, crecería con fuerza el descontento, al ver que no puede adquirir un activo que sube.

Sobre este punto, el consultor Federico Muñoz hace referencia a una suerte de contrato tácitosegún el cual un dólar previsible sería el garante de la estabilidad financiera: “Mientras el ritmo de devaluación sea lento y sin sorpresas los privados pueden mantener su demanda de pesos”.

Así, la política del “cepo cambiario” le ha permitido al Banco Central volver a comprar dólares, luego de haber estado en “abstinencia” casi todo el año pasado. Es decir, sin poder adquirir divisas.

Pero, además, la devaluación suave potenció la vuelta de los ahorristas a los plazos fijos en pesos -que en enero tuvieron una suba interanual récord de 36%- y con el mérito agregado de que ello ocurrió mientras las tasas de interés caían.

No al movimento “serrucho”
Al poner como premisa fundamental de su política económica el hecho de que el dólar tenga unrecorrido previsible y suave, el Gobierno reconoce las limitaciones que le impone un país de”mentes dolarizadas”.

La Presidenta lo sabe. Y es por ello que siempre recuerda la diferencia con Brasil, en donde sus habitantes están acostumbrados a pensar en reales.

Más aun. La mandataria dejó bien en claro frente a los empresarios cuál es su visión sobre cómo debe regirse el tipo de cambio.

Argumentó que la política cambiaria de los países vecinos podría graficarse como “un serrucho”, a diferencia de la suave pendiente que presenta el peso en la Argentina.

“Si ustedes observan su evolución, nunca van a verlo en la línea de la revaluación, siempre endirección a la depreciación. Tal vez no con la intensidad que querrían todos los exportadores, pero entonces que no me vengan a hablar de inflación después”, fue la argumentación de la Presidenta.

Desde ese discurso que tuvo lugar en la Unión Industrial, el deslizamiento del dólar retomó una velocidad en “modalidad automática”, a un ritmo de tres o cuatro centavos mensuales.

Es decir, tal como anunció la mandataria, cumpliendo “un adecuado timing” para evitar sobresaltos y haciendo de freno ante la inflación.

¿Un dejà vu de los años 70?
No es la primera vez, en la agitada historia económica de la Argentina, en la que undeslizamiento suave del dólar, regular y con ritmo preanunciado, es visto como la “fórmula de la estabilidad” que permite a los empresarios invertir, a los asalariados consumir y a los ahorristas dormir tranquilos.

El ejemplo más reciente de una política similar, claro está que bajo otras circunstancias, fue la “tablita” cambiaria que rigió entre 1978 y 1981.

En aquella época también se consideraba al tipo de cambio como “la” herramienta adecuada para frenar la inflación.

Como antecedente no resulta muy tranquilizador, porque aquel período de “plata dulce” y alto consumo provocó un grave retraso cambiario que derivó en una recesión y obligó a una brusca corrección del dólar.

¿Es comparable la actual situación argentina con aquella política?

Los expertos señalan, como principal parecido, el acostumbramiento del público a que la idea de que la fluctuación cambiaria es negativa.

Un trabajo del economista Gustavo Reyes, de la Fundación Mediterránea, señala que hay países que tienen un marcado “miedo a flotar” (es decir, que su moneda se mueva según oferta y demanda en relación con el dólar) por tres motivos básicos:

* La posibilidad de que se espiralice la inflación

* Los efectos negativos sobre los resultados de las empresas

* El riesgo de una crisis financiera

El experto señala que la Argentina tiene hoy más alicientes para un tipo de cambio flotanteque fijo, si bien para poder aplicarlo se necesitarían algunas condiciones que hoy no existen:

* Un Gobierno que ahorre en épocas de vacas gordas y que gaste cuando se enfría la economía (eso no se dio en todos estos años).

* Un Banco Central que sea independiente del Poder Ejecutivo y sólo tome decisiones según los cambios en el mercado (sin influencia política).

* Un “ancla” para los precios que no sea el dólar sino mantener la inflación en niveles bajos, cumpliendo con metas específicas.

El segundo gran parecido con aquellos años es la persistencia en el atraso cambiario que complica la competitividad de las empresas.

Al respecto, Eduardo Curia, uno de los más notorios ideólogos del “tipo de cambio competitivo”, se lamenta al ver la actual política oficial sobre el dólar y al observar cómo los precios en la Argentina ya superan a los de productos comparables que se ven en otros países.

“Esto alentó la trillada jerigonza acerca de la ‘ineficiencia’ de la industria nacional. Sin embargo, en parte considerable, lo que esos precios reflejan es la ‘mayor baratura’ del dólar”, afirma Curia.

El otro riesgo percibido por analistas es que la política cambiaria pase a ser un área de disputa política.

“Mi temor es que la forma en que se maneja la cotización se convierta en algo así como una 125. Es decir, que el Gobierno ahora defienda este movimiento ascendente lento para que un eventual cambio no sea visto como una derrota política”, señaló en Lapolíticaonline Nicolás Dujovne, ex economista jefe de Banco Galicia y ahora consultor independiente.

¿Hay salida prolija?
Hay, por cierto, diferencias importantes entre el actual esquema cambiario y aquél de “la tablita”.

Uno es que mientras en que aquella época había una apertura comercial indiscriminada -lo cual perjudicó a la industria nacional- ahora hay un fuerte proteccionismo.

Y el segundo es la forma en que se financia el sistema: mientras antes la clave era el endeudamiento externo, ahora los dólares provienen del superávit de la balanza comercial.

Pero aun con esa diferencia, hay un punto en común: ninguno de los dos se sostiene si no hay un flujo continuo de divisas que pueda mantener un consumo que está por encima de lo que permite la productividad del país.

“El riesgo es una desmejora en el contexto internacional, que puede llevar a restricciones externas. No es un problema sólo de Argentina, le pasa a todos los países de la región. La diferencia es que los demás pueden devaluar con cierta facilidad y acá resulta más complicado”, reconoce Castiñeira, de Econométrica.

En tanto, Andrés Méndez, director de la consultora AMF, advierte: “Un país donde el dólar sube un 8% y los precios de bienes y servicios lo hacen entre 25% y 30% no es sostenible. Y lo más complicado de estas políticas, como pasó con la tablita y con la convertibilidad, es cómo salir de manera prolija”, señala.

¿Cómo termina este camino? Por ahora, no hay a la vista un problema agudo. Pero los analistas creen que la situación irá en deterioro progresivo.

Como sintetiza Todesca: “Hoy no tenemos tantas tensiones como en otros períodos históricos en los que dependíamos del crédito externo. Las medidas del Gobierno son defensivas. Pero no hay que olvidarse que una cosa es evitar que salgan capitales y otra, mucho más difícil, es forzar a que los dólares entren al país”.

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